Monday, May 02, 2005

Los parásitos del estado

La amenaza de Esquerra Republicana de que el independentismo crecerá hasta desbordarse si no se cumplen sus exigencias de reforma del Estatuto catalán forma parte de un mecanismo de actuación que se ha hecho habitual en la política española. Merece examinarse de cerca el animalito. Resalta su tono, generalment perdonavidas, cuando no chulesco. Y lo que es menos evidente: el tono no agrede al Estado (ente al cabo) sino a los ciudadanos que no han apoyado a los independentistas. No solamente españoles sino españoles y catalanes. Aún más preciso: agrede a la mayoría de los ciudadanos.
La advertencia independentista, y ese correlato que les lleva a arrogarse la representación en exclusiva del porvenir, sería blandamente patética si hubiese sido otra la reacción de los diversos gobiernos españoles. La seca verdad es que han consentido: y la construcción del Estado se ha convertido en un objeto permanente de negociación. La opinión española se ha acostumbrado a ver como perfectamente natural y establecido que el Estado ceda competencias a las autonomías o permita cambios de legislación en el crucial terreno simbólico (la autodenominación de las comunidades, por ejemplo), a cambio de circunstanciales apoyos parlamentarios. La advertencia ha sido puesta en acto por los presuntamente arrogados de construir un futuro peor. Y casi siempre el Estado ha reaccionado de modo cohibido.
El por qué es complejo. Pero se incluye la mala conciencia como una de las explicaciones. El Estado español tiene mala conciencia y es fácil sospechar cuáles son las raíces del fenómeno. La historia reciente vincula al Estado con la negación de los derechos antes que con su protección. Un “no” del Estado siempre es una recaída. Algunos han dicho y dicen sí a todo por escapar de esa memoria. Por escapar de la tragedia española. Los del partido de la advertencia conocen muy bien a sus interlocutores. Especialmente si son o provienen de la izquierda. No advierten en hueso. Pero hay que decir que, más allá de la pura, obstinada y antipática advertencia, el proyecto independentista no existe. Es realmente admirable que hayan conseguido convencer a sus interlocutores, no sólo de que existe, sino de que ellos merecen aplausos por contribuir a racionalizarlo, frenarlo y adaptar su ritmo al tempo histórico. ¡Han conseguido que los lelos les aplaudan por la honda lección de realismo que desprenden sus advertencias! La fantasía embaucadora de los independentistas ha obtenido un éxito total. Han hecho perfecta virtud de la necesidad. El espantajo que agitan no es, en realidad, el independentismo, sino el caos. Si el independentismo fuera un lago plácido sobrarían las advertencias. Se avisa sobre el advenimiento de la ruina. Y la advertencia es eficaz porque actúa sobre el imaginario quebrado de los españoles. Sobre la herida civil. Es también por eso que cíclicamente reavivan el guerracivilismo, sus fosas y sus memoriales. La política del miedo, el yo o el caos, se ha desplazado fatalmente de la derecha a los independentistas. Ha ayudado Eta, como es natural, prolongación jibarizada pero activa de la guerra civil.
Sin embargo, el proyecto independentista no existe fuera de su ondear fantasmal. El ridículo articulado del plan Ibarretxe (más ridículo aún que éticamente despreciable) lo prueba perfectamente. No hay nada detrás. Ni aritmética ni fraseología ni códigos. Baratarias. El proyecto independentista no es otro que el parasitismo continuado en la estructura del Estado español. Y el mecanismo de la advertencia un intento, cada vez más exitoso, de apoderarse de ese Estado sustituyendo la lógica de la democracia por la lógica del chantaje. Otro modo de estar en España, como decía el lema.

Sunday, March 27, 2005

Los idiotas

Es perfectamente lógica la propuesta de Esquerra Republicana de acabar con el Día la Hispanidad. El Día de la Hispanidad se instituyó oficialmente en 1958, por la época en que se alzó el monumento a Franco de Nuevos Ministerios. Y está por venir (apenas un par de sesiones) la supresión del Día del Libro. El Día de Libro se instituyó durante la Dictadura de Primo de Rivera. Y decayó. Lo realmente preocupante es que su renacimiento fuera obra de la dictadura franquista: y un concejal del Ayuntamiento barcelonés el principal responsable de su esplendor. El asunto tiene mucho peligro porque la fiesta se ha extendido hasta el punto de que la Unesco celebra el 23 de abril el Día Mundial del Libro. Las aguas están muy mezcladas. En la Barcelona de 1939, y a instancias de Giménez Caballero (amor que mata), se aclamaba a Franco como “el nuevo San Jorge”. Todo el error viene del mismo punto: la consideración de que una estatua o una fiesta es exclusivamente un homenaje. Como si yo ahora me pusiera en la supresión del 11 de setiembre, día nacional (en la cama igual) de Cataluña. Como si hubiera un día mejor para observar los desfiles grotescos. Los monumentos y las glorias del calendario son hechos. Vertebran tanto el asentimiento como la disidencia. Sólo los tumba el tiempo. Y la tentación permanente del poder es siempre la refundación del tiempo. Un nuevo calendario. El olvido por decreto. No se da cuenta la esquerra zapateril que está cavándose su propia fosa. Necesita monumentos. San Jorges. Hispanidades. ¡Es la identidad, estúpidos! Aún sois nada sin eso.

Sunday, March 20, 2005

Propongo al PSOE de Salamanca

Mientras la penúltima estatua de Franco era desmantelada durante la nocturnidad madrileña; no llegando a respetar la historia y el arte de España, revolviendo todo aquello que se trató de perdonar y olvidar en la transición ... hace unos días, un asesino de la guerra civil española fue homenajeado. Homenajeado por todos aquellos que odian, que no son capaces de respetar un pensamientro contrario al suyo. No se dan cuenta que, como decía Arias Navarro, Franco ha muerto; no soportándolo ni en estatua, teniendo miedo de que cobre vida al más puro estilo zombie. Por si fuera poco tenemos la amenaza de la visita de otro dictador; además este está vivo,ahora cuidado que Fidel es de los buenos; tenemos también el "privilegio" de que los Reyes puedan ir a visitarlo, sin olvidarnos por supuesto de nuestras aventajadas relaciones con el otro dictador venezolano.
Desde aquí animo a Zapatero a que desmantele también el medallón de los Reyes Católicos de la fachada de la universidad de "Mi Salamanca"; total como tampoco estos eran partidarios de la democracia y además expulsaron a los musulmanes y judios ... Que se quemen con gasolina los retratos de Carlos V, de Felipe II y de todos aquellos reyes que no hayan sido democráticos; que se transformen las iglesias en centros de rehabilitación de drogadictos e inmigrantes delincuentes (no nos olvidemos de su participación a favor de Franco en la guerra), bombardear los embalses construidos en época franquista, que seguro que hay mucha gente que se siente ofendida por su existencia y construir otros iguales 50 metros más abajo en el mismo cauce; todas las autovías que se construyeron en cataluña y país vasco mientras castilla fue olvidada durante la dictadura de Franco serán destruidas a pico y pala por los combatientes nacionales que siguen vivos y apoyaron a Franco, sin olvidar que se le quitarán las pensiones ( se construirán otras con los fondos que la Unión Europea nos abonará debido a nuestro gran peso en Europa) ...
Con estas ideas espero que el señor ZP se de cuenta de que la mejor forma de gobernar es mirar al futuro, que España tuvo un dictador en el siglo XX (como los ha tenido en otras épocas) que por desgracia estuvo en el poder mucho tiempo, pero que no va a resucitar, ni a regresar.
No hagamos política improductiva y sobre todo, dejemos el pasado de España para mirarlo desde la perspectiva de la historia.

Thursday, February 17, 2005

NO A ZP

Desde el fatídico 11 de marzo, se han ido produciendo revelaciones y testimonios de individuos directamente implicados en la organización de los atentados que empiezan a apuntar claramente hacia dos hipótesis no excluyentes entre sí. La primera, que el 11-M fue, sobre todo y en el mejor de los casos, consecuencia de una inaudita e imperdonable negligencia por parte de algunos miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, habida cuenta de que los encargados de la logística del atentado eran, en su mayoría, confidentes policiales. Y la segunda, que los atentados del 11-M fueron planeados, tal y como se desprende de las conversaciones interceptadas a «El Egipcio» por la policía italiana, poco después del 11-S. Es decir, fueron planeados mucho antes de que comenzara la guerra de Irak o la de Afganistán, y la fecha de su ejecución fue cuidadosamente elegida para provocar el máximo impacto político y propagandístico. Indudablemente, los terroristas consiguieron sus objetivos: el primero, debilitar a la Coalición internacional que ha declarado la guerra al terrorismo; y el segundo, demostrar que el terror puede alterar decisivamente, y a favor de sus intereses, los resultados de unas elecciones democráticas. Esto, con ser evidente, requiere, sin embargo de una explicación. Sobre todo en el caso de España, el país que, junto con Israel y el Reino Unido, más experiencia y preparación psicológica tenía en principio para luchar contra el terrorismo y sus consecuencias. Es preciso explicar cómo es posible que una sociedad habituada a convivir con la amenaza terrorista, una sociedad que ha aprendido que la única forma de acabar con el terrorismo es apoyar sin fisuras al Gobierno, sea cual sea, para que lo combata sin descanso, pudiera reaccionar como lo hizo tres días después: con una mezcla de pánico y de ira contra el mejor Gobierno que ha tenido España en los últimos 25 años. Contra el mismo Gobierno que puso a la ETA contra las cuerdas. No es necesario relatar los hechos, por todos conocidos, que acontecieron durante el jueves, el viernes y el sábado de la semana de las elecciones del 14 de junio. Hoy ya existen pocas dudas de que la Cadena Ser y Alfredo P. Rubalcaba manipularon descaradamente a la opinión pública, tanto con la información que probablemente obtuvieron, horas antes que el Gobierno, de las investigaciones policiales sobre los atentados como con burdas intoxicaciones como la del cadáver del supuesto terrorista suicida. Y tampoco hay demasiadas dudas de que el PSOE y la Cadena Ser alentaran, siquiera pasivamente, las concentraciones ilegales frente a las sedes del PP en la jornada de reflexión y difundieran la especie de que el Gobierno mintió y ocultó información. Se trata, en cualquier caso, de hipótesis muy verosímiles. De hechos gravísimos que, de llegar a confirmarse en la Comisión de Investigación del 11-M, dañarían irreparablemente la credibilidad del PSOE como partido democrático y anularían gran parte de la legitimidad del actual Gobierno socialista. Con todo, la explicación última de lo sucedido el 14 de marzo no se encuentra en la actuación del PSOE y de la Cadena Ser durante los días 12 y 13 de marzo. Y la prueba es que la autoría del atentado no era, ni mucho menos, indiferente. Porque si los atentados hubieran sido perpetrados por la ETA, los mensajes de la Cadena Ser y de Rubalcaba la víspera de las elecciones habrían sido muy distintos –como, de hecho, lo fueron durante todo el día 11 y parte del 12–, y la situación política sería hoy muy diferente. La explicación hay que buscarla, más bien, en los factores que han influido en la opinión pública española para distinguir entre terrorismo «doméstico» y terrorismo «internacional». En los factores que han hecho creer a los españoles en la incoherencia de que las mismas reglas de firmeza que valen contra el terrorismo etarra no son aplicables a los terroristas islámicos. Ronald Reagan, fallecido hace pocas semanas, ha pasado a la Historia como uno de los grandes presidentes de los EEUU. Y para muchos, especialmente para los amantes de la libertad, el vencedor de la guerra fría será recordado como uno de los grandes benefactores de la Humanidad. Sin embargo, la victoria del mundo libre contra el «Imperio del Mal» –como bautizó Reagan al Imperio Soviético–, aun abrumadora, no fue del todo completa. Es verdad que los ejércitos y los misiles soviéticos dejaron de ser una amenaza para Occidente. Y es verdad que la mayoría de los países del antiguo Telón de Acero se sacudieron la tiranía, y hoy algunos de ellos ya son miembros de la Unión Europea. Pero la quinta columna que los soviéticos financiaron y entrenaron en las principales democracias occidentales, especialmente en Europa, ha logrado sobrevivir al hundimiento del socialismo real. Tras unos años de confusión y desmoralización por el, para muchos, inesperado e inexplicable derrumbe del comunismo, la extrema izquierda ha logrado reorganizarse para continuar la guerra que, contra el mundo libre, comenzó hace ya más de 100 años. La extrema izquierda ha emprendido una especie de «guerra de guerrillas» desde sus bastiones tradicionales (los medios de comunicación, el mundo de la cultura, la Universidad y los centros educativos) contra sus enemigos de siempre. Contra los EEUU, sus aliados y todo lo que éstos representan: la libertad, la democracia y, sobre todo, la economía de mercado. Y los objetivos son también los de siempre: dividir a las democracias occidentales, destruir o, al menos, debilitar los vínculos entre Europa y EEUU y, en última instancia, convertir a la ONU en un embrión de gobierno mundial al servicio de sus intereses. Son, en definitiva, los mismos intereses que persiguen los terroristas islámicos. Y por eso, las escasas condenas al terrorismo por parte de la extrema izquierda, cuando tienen lugar, están siempre llenas de matices y de justificaciones favorabales a los terroristas. No es este el lugar, por razones de espacio, para refutar todos los sofismas, las falacias y las intoxicaciones que la izquierda y sus medios de comunicación afines –la inmensa mayoría– han ido propalando acerca de la guerra de Irak y de las tareas de pacificación y reconstrucción que llevan a cabo las fuerzas de la Coalición. Bastará con remitir al lector al último informe de Oxford Research International sobre la situación en Irak, publicado en junio, para darse cuenta de que la gran mayoría de los iraquíes considera que su situación personal y la del país han mejorado bastante desde la caída de Sadam, y que esperan aún más mejoras en el futuro próximo. Sin embargo, es preciso admitir que la mayoría de esas falacias e intoxicaciones han calado hondo en la opinión pública. Es preciso reconocer que la desinformación o, peor aún, la información parcial e incompleta, han representado un papel fundamental en la formacion de la opinión pública acerca del papel de las fuerzas de la Coalición en Irak. Especialmente en la opinión pública española y, más concretamente, en los españoles más jóvenes, quienes desconocen en su inmensa mayoría el sentido y la justificación de la participación de España en el esfuerzo por pacificar, reconstruir y democratizar Irak. Siempre he defendido y seguiré defendiendo la intervención de las fuerzas de la Coalición en Irak y la alianza con EEUU. Cuando José María Aznar dio un paso al frente en representación de España para ayudar a nuestros aliados –y para ayudarnos a nosotros mismos- a combatir el terrorismo, la lacra del siglo XXI, tomó la decisión correcta. Nuestro puesto está al lado de los países que más han contribuido a la defensa de la libertad, la paz y la seguridad en el mundo durante el siglo XX: EEUU y Gran Bretaña. Y nuestra situación geoestratégica, entre Francia y Marruecos, dos vecinos que siempre nos han causado quebraderos de cabeza, aconsejaba estrechar la alianza con la única potencia que estaría dispuesta a ayudarnos en caso de un conflicto con nuestro inestable y agresivo vecino del sur, cuya apetencia por Ceuta, Melilla y las Canarias jamás ha disimulado, tal y como quedó de manifiesto en la crisis de Perejil. Sin embargo, aun a pesar de que fue la decisión correcta y de que había que tomarla con rapidez y sobre la marcha, el gobierno de José María Aznar no supo defenderla ni explicarla con claridad a los españoles. La comunicación siempre fue el talón de Aquiles del gobierno del PP. Y la prueba está en que si las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2003 no fueron una debacle para el PP ello se debió, en primer lugar, a la brevedad y limpieza de la guerra, en segundo lugar, a los excesos de la extrema izquierda en su campaña de algaradas, ataques y agresiones a los cargos y candidatos del PP y en tercer lugar, al efecto balsámico de la visita del Papa a España. Pero, sobre todo, se debió a que Aznar recorrió España entera en la campaña de mayo de 2003 para explicarles a los ciudadanos los logros del PP en el Gobierno –en contraste con el inexistente programa de gobierno del PSOE y sus hipotecas con los naZionalistas- y nuestro papel en Irak, a la cabeza de las decenas de naciones, especialmente las de la nueva Europa, aliadas de EEUU y comprometidas en la lucha contra el terrorismo. Pero ese esfuerzo de comunicación puntual no tuvo continuidad, cuando era más necesaria una intensa pedagogía, como la que hizo Tony Blair en el Reino Unido. El Gobierno del PP volvió a ceder, pasivamente, la iniciativa a sus adversarios y sus enemigos, sin recordar la advertencia de J. F. Revel de que la mentira es la principal fuerza de las que mueven el mundo. Y las grandes mentiras que la izquierda, a través de los medios de comunicación, había urdido sobre el 11-S, sobre Irak, sobre la situación de los iraquíes, sobre los motivos que respaldaban la intervención militar y la liquidación del régimen de Sadam y sobre las consecuencias que podría acarrearnos, en forma de ataques terroristas, nuestra participación en la pacificación y reconstrucción de Irak, se fueron convirtiendo en la verdad oficial. Una «verdad» que ha calado profundamente y que hoy es compartida por la mayoría de los españoles. No obstante, también hay que señalar, y esto es quizá lo más importante, que la extrema izquierda española habría podido muy poco sin el concurso del PSOE y de su maquinaria mediática. La prueba más fehaciente es que en 1991, en la primera parte de la guerra, la extrema izquierda –y también el sindicato de la cultura antiamericana y tardoestalinista– ya manejaba los mismos sofismas e intoxicaciones que se han oído y se oyen hoy. Las diferencias eran que el PSOE no necesitaba del agip prop de la extrema izquierda para llegar al poder -pues ya estaba en él con pretensión de usufructuarlo ad eternum-, que a la maquinaria mediática a su servicio –o viceversa- le vino como anillo al dedo la Guerra del Golfo para desviar la atención de los problemas económicos, de los escándalos de corrupción y de los crímenes de Estado –caso Juan Guerra y caso Lasa y Zabala–, y que la oposición de la derecha, liderada ya por José María Aznar, se comportó como debe comportarse en estos casos cualquier fuerza política que tenga un mínimo de sentido de Estado, esto es, apoyando al Gobierno. Además, armas de destrucción masiva aparte, se trataba también de liberar al pueblo iraquí de una dictadura genocida. Exactamente lo mismo que hizo Javier Solana, a la sazón Secretario General de la OTAN, con Milosevic en la antigua Yugoslavia, de espaldas a la ONU –Rusia se opuso– y después de que la Unión Europea demostrara su inoperancia y su nulidad en política exterior. Aunque, eso sí, el derrocamiento de Milosevic tuvo un coste en vidas inocentes y en destrucción del país infinitamente superior al de la segunda parte de la guerra de Irak. En definitiva, apenas había motivos razonables, desde el punto de vista de la izquierda socialdemócrata, para oponerse a la intervención en Irak. Y, en todo caso, había muchos menos motivos para oponerse a la segunda parte de la guerra de Irak de los que podía haber en la primera parte. Esto, naturalmente, si se toma en serio a la izquierda socialdemócrata cuando dice defender, siempre y por principio, la democracia, la libertad y la paz. No siempre lo ha hecho, y cuando lo ha hecho ha sido casi siempre obligada por las circunstancias, cuando su supervivencia dependía de ello. En cambio, la extrema izquierda jamás las ha defendido, aunque nunca ha cesado de invocarlas falsamente cuando conviene a sus propósitos. Llevan más de 100 años jugando a ese juego mendaz, y a estas alturas sólo los poco informados pueden engañarse acerca de sus verdaderos objetivos: suprimir la libertad y la democracia una vez que se han servido de ellas. Aunque, en honor a la verdad, la extrema izquierda ha sido siempre coherente y sólo ha engañado a quienes, en el fondo, querían ser engañados: su antiamericanismo visceral –que es el síntoma más claro de su pasión liberticida y antidemocrática, como muy bien ha señalado Revel– sólo es comparable a su simpatía por los dictadores genocidas. Siempre defendieron a Sadam y a Milosevic, y a cualquier otro dictador, por execrable que fuera, que se declarara enemigo de EEUU. Y por eso mismo, también simpatiza con los terroristas islamistas. En cambio, el PSOE abandonó oficialmente en Suresnes el marxismo-leninismo como estrategia y como método de análisis para seguir la vía de la socialdemocracia europea. Este es uno de los méritos que hay que reconocerle a González, quien dio el paso que hizo posible que el PSOE se convirtiera poco después en el gran partido de izquierda de la democracia española. Y parecía que, después de Suresnes, después de la transición y, sobre todo, después de los errores y de los desmanes del felipismo, el PSOE iba a completar por fin la senda de la renovación ideológica que culminó la derecha después de que Fraga se retirara del primer plano. Pero, por desgracia, y aun a pesar de que ya han pasado 30 años desde Suresnes, el socialismo español ha conservado una parte importante de su leninismo. Ha conservado buena parte de esa filosofía política que hace de la conquista del poder el fin supremo, el altar ante el que se sacrifican personas, programas, principios, pactos y reglas, escritas o no escritas. A finales de 2002, el PSOE llevaba ya casi siete años en la oposición, sin apenas esperanzas de volver al Gobierno en marzo de 2004. La excelente gestión del PP en la mayoría de las áreas de gobierno (especialmente en las más sensibles, como la economía, la lucha antiterrorista y la honradez en la gestión pública), y la ausencia de un auténtico programa de gobierno alternativo, le cerraban a ZP el camino a La Moncloa, al menos a medio plazo. Además, ZP había visto cómo PRISA pedía y obtenía la cabeza de Redondo Terreros como muestra y aviso, al más puro estilo mafioso, de que la vieja guardia de PRISA-PSOE se negaba a ser renovada y de que los días de ZP al frente de la secretaría general del PSOE estaban contados si seguía por el camino del pacto y el entendimiento con el PP en las grandes cuestiones de Estado. El camino de la madurez y de la cordura que deben seguir siempre los grandes partidos de una democracia consolidada, que saben que la disputa política debe detenerse siempre cuando se alcanzan los límites de los intereses de España y de las reglas del juego democrático. Por desgracia, ZP no presentó batalla. No quiso correr la misma suerte que PRISA le reservó a Redondo Terreros, y se alió con las fuerzas antisistema (comunistas y naZionalistas separatistas) que habían declarado una guerra sin cuartel contra el PP y contra todo lo que éste representa: una España fuerte y próspera, con presencia y voz en el grupo de cabeza de las naciones del mundo. Algo que no conviene, precisamente, a las aspiraciones de los naZionalistas separatistas, que ven en el fortalecimiento de España el peor obstáculo a sus proyectos. Y que tampoco convenía a la extrema izquierda, en guerra permanente contra EEUU y sus aliados. Había, pues, una comunidad de intereses entre naZionalistas y comunistas: derribar al Gobierno y desacreditar al partido que defiende una España sólida, unida, y firme aliada de los EEUU. Una comunidad a la que se unió irresponsablemente ZP, urgido por la imperiosa necesidad de consolidar su liderazgo al frente del PSOE, y de la que asumió la práctica totalidad de su propaganda y de sus exigencias: la labor del PP, y la figura de Aznar, debían ser destruidas y desacreditadas para siempre a ojos de los españoles. Y el pretexto de la guerra Irak era el único que tenían a mano. Con todo, el prestigio de Aznar, su retirada voluntaria del poder y la hoja de servicios del PP durante ocho años de gobierno pesaban tanto en la balanza, cinco días antes de las elecciones, que todavía contrarrestaban ampliamente lo que, a los ojos de la mayoría de los españoles, ya era el «grave error» de Irak. El PP había superado todas las zancadillas que le había puesto el bloque de la oposición, y había ganado todas las batallas. Todas menos una fundamental: la de la propaganda. Ninguna victoria es completa y definitiva si no se gana la batalla ideológica. Y en la guerra contra el terrorismo, la batalla decisiva, la que hace posible la victoria final, es la ideológica. El ejemplo más claro es la lucha contra la ETA. Los etarras y los naZionalistas vascos radicales perdieron la batalla ideológica con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y la prueba es que la ETA legal, la que se sentaba en el Congreso de los Diputados y en el Parlamento Vasco, ha dejado de existir gracias al consenso de las principales fuerzas políticas. Hoy la ETA está contra las cuerdas y ha perdido Con el terrorismo islámico ocurre lo mismo: la principal arma para combatirlo es el rearme ideológico y moral. Es llegar a la convicción de que el objetivo de los terroristas islámicos no es llegar a una negociación, sino aniquilar un modo de vida que, a sus ojos, es una blasfemia viviente, el principio y origen todos los males del mundo. Los terroristas islámicos no odian a Occidente por el conflicto árabe-israelí o por el hecho de que en el mundo árabe los niveles de desarrollo económico sean muy inferiores a los de Occidente. No odian a Occidente porque lo que hace, sino por lo que es y por lo que significa. Porque representa la libertad, la sociedad abierta y el progreso. Pero, sobre todo, porque representa la crítica, la negación de todo dogmatismo, la libertad de pensamiento y la libertad de creer o de descreer, frente a la plúmbea pesadilla neototalitaria que quieren imponer los terroristas islámicos, donde cada aspecto y cada minucia de la vida diaria están regulados milimétricamente. Y uno de sus objetivos principales –confesado por el propio Ben Laden– es que España, el único país del mundo que retornó al cristianismo después de ser islamizado, vuelva al Islam. La extrema izquierda ha visto que el potencial destructivo y disolvente del terrorismo islámico ejerce una función muy parecida a la de los misiles y las divisiones soviéticas. Por tanto, fiel al principio de que el fin justifica los medios, se ha aliado en la sombra con los terroristas. Es lo que cabía esperar de otros fundamentalistas que, en el pasado, tampoco dudaron en recurrir al terror y al asesinato para imponer sus doctrinas. Pero ZP, líder de uno de los dos grandes partidos que sustentan la democracia española y que representan a una de las naciones más antiguas e importantes de Occidente, ha traicionado la responsabilidad que le corresponde como líder y representante de más del 40% de los españoles. La política no es una carrera contra reloj y a cualquier precio hacia el poder. Es la conciencia de que el poder ha de emplearse en servicio de los ciudadanos. Y la conviccion de que, para obtenerlo, no todas las armas son lícitas o legítimas. El recurso a la manipulación y a la mentira es propio de políticos sin recursos y sin programas, que nada tienen que ofrecer a los ciudadanos salvo una desaforada ambición de poder y una total carencia de escrúpulos, que quedó de manifiesto en la jornada de reflexión del pasado 13 de marzo. Pero, aun desde el punto de vista del cinismo político más maquiavélico, cuando la mentira y la manipulación dejan de afectar exclusivamente al adversario para tocar directamente a la seguridad y a los intereses nacionales, son peor que un crimen. Son, como diría Tayllerand, un gravísimo error, pues el poder personal se compra al precio de debilitar la base misma de donde emana ese poder. Un precio que ZP ya ha empezado a pagar y que acabaremos pagando, tarde o temprano todos los españoles: la pérdida de nuestros mejores aliados y de nuesto prestigio y credibilidad en el exterior, la sumisión a los caprichos de la minoría naZionalista-separatista –no hay mayor perversión del principio democrático– y el abandono de la estabilidad política e institucional que ha hecho posible el espectacular progreso económico de los últimos ocho años. ZP y el PSOE han causado un grave perjuicio a los intereses de España y de los españoles por conseguir una magra cuota de poder fuertemente hipotecada a los nacionalismos y a la extrema izquierda. Ya ha recibido el primer aviso en las Elecciones Europeas del pasado 13 de junio, apenas tres meses después del 11-M, de que su crédito empieza a agotarse, de que la guerra de Irak ya pertenece al pasado y de que gobernar no es decir «sí» a todo el mundo con una sonrisa en la cara. Y a quienes primero tendrá que decirles «no», en interés de España y en interés del propio PSOE, es a sus propios socios de Gobierno: a los naZionalistas y, muy especialmente, a Maragall. Porque no es probable que los españoles se conformen con una sonrisa cuando Carod e Ibarretxe presenten la declaración de independencia de facto, cuando Marruecos aproveche para hacer de las suyas y cuando en Europa tengamos que depender de Francia y Alemania para defender nuestros intereses.Desde el fatídico 11 de marzo hasta el cierre de esta edición, se han ido produciendo revelaciones y testimonios de individuos directamente implicados en la organización de los atentados que empiezan a apuntar claramente hacia dos hipótesis no excluyentes entre sí. La primera, que el 11-M fue, sobre todo y en el mejor de los casos, consecuencia de una inaudita e imperdonable negligencia por parte de algunos miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, habida cuenta de que los encargados de la logística del atentado eran, en su mayoría, confidentes policiales. Y la segunda, que los atentados del 11-M fueron planeados, tal y como se desprende de las conversaciones interceptadas a «El Egipcio» por la policía italiana, poco después del 11-S. Es decir, fueron planeados mucho antes de que comenzara la guerra de Irak o la de Afganistán, y la fecha de su ejecución fue cuidadosamente elegida para provocar el máximo impacto político y propagandístico. Indudablemente, los terroristas consiguieron sus objetivos: el primero, debilitar a la Coalición internacional que ha declarado la guerra al terrorismo; y el segundo, demostrar que el terror puede alterar decisivamente, y a favor de sus intereses, los resultados de unas elecciones democráticas. Esto, con ser evidente, requiere, sin embargo de una explicación. Sobre todo en el caso de España, el país que, junto con Israel y el Reino Unido, más experiencia y preparación psicológica tenía en principio para luchar contra el terrorismo y sus consecuencias. Es preciso explicar cómo es posible que una sociedad habituada a convivir con la amenaza terrorista, una sociedad que ha aprendido que la única forma de acabar con el terrorismo es apoyar sin fisuras al Gobierno, sea cual sea, para que lo combata sin descanso, pudiera reaccionar como lo hizo tres días después: con una mezcla de pánico y de ira contra el mejor Gobierno que ha tenido España en los últimos 25 años. Contra el mismo Gobierno que puso a la ETA contra las cuerdas. No es necesario relatar los hechos, por todos conocidos, que acontecieron durante el jueves, el viernes y el sábado de la semana de las elecciones del 14 de junio. Hoy ya existen pocas dudas de que la Cadena Ser y Alfredo P. Rubalcaba manipularon descaradamente a la opinión pública, tanto con la información que probablemente obtuvieron, horas antes que el Gobierno, de las investigaciones policiales sobre los atentados como con burdas intoxicaciones como la del cadáver del supuesto terrorista suicida. Y tampoco hay demasiadas dudas de que el PSOE y la Cadena Ser alentaran, siquiera pasivamente, las concentraciones ilegales frente a las sedes del PP en la jornada de reflexión y difundieran la especie de que el Gobierno mintió y ocultó información. Se trata, en cualquier caso, de hipótesis muy verosímiles. De hechos gravísimos que, de llegar a confirmarse en la Comisión de Investigación del 11-M, dañarían irreparablemente la credibilidad del PSOE como partido democrático y anularían gran parte de la legitimidad del actual Gobierno socialista. Con todo, la explicación última de lo sucedido el 14 de marzo no se encuentra en la actuación del PSOE y de la Cadena Ser durante los días 12 y 13 de marzo. Y la prueba es que la autoría del atentado no era, ni mucho menos, indiferente. Porque si los atentados hubieran sido perpetrados por la ETA, los mensajes de la Cadena Ser y de Rubalcaba la víspera de las elecciones habrían sido muy distintos –como, de hecho, lo fueron durante todo el día 11 y parte del 12–, y la situación política sería hoy muy diferente. La explicación hay que buscarla, más bien, en los factores que han influido en la opinión pública española para distinguir entre terrorismo «doméstico» y terrorismo «internacional». En los factores que han hecho creer a los españoles en la incoherencia de que las mismas reglas de firmeza que valen contra el terrorismo etarra no son aplicables a los terroristas islámicos. Ronald Reagan, fallecido hace pocas semanas, ha pasado a la Historia como uno de los grandes presidentes de los EEUU. Y para muchos, especialmente para los amantes de la libertad, el vencedor de la guerra fría será recordado como uno de los grandes benefactores de la Humanidad. Sin embargo, la victoria del mundo libre contra el «Imperio del Mal» –como bautizó Reagan al Imperio Soviético–, aun abrumadora, no fue del todo completa. Es verdad que los ejércitos y los misiles soviéticos dejaron de ser una amenaza para Occidente. Y es verdad que la mayoría de los países del antiguo Telón de Acero se sacudieron la tiranía, y hoy algunos de ellos ya son miembros de la Unión Europea. Pero la quinta columna que los soviéticos financiaron y entrenaron en las principales democracias occidentales, especialmente en Europa, ha logrado sobrevivir al hundimiento del socialismo real. Tras unos años de confusión y desmoralización por el, para muchos, inesperado e inexplicable derrumbe del comunismo, la extrema izquierda ha logrado reorganizarse para continuar la guerra que, contra el mundo libre, comenzó hace ya más de 100 años. La extrema izquierda ha emprendido una especie de «guerra de guerrillas» desde sus bastiones tradicionales (los medios de comunicación, el mundo de la cultura, la Universidad y los centros educativos) contra sus enemigos de siempre. Contra los EEUU, sus aliados y todo lo que éstos representan: la libertad, la democracia y, sobre todo, la economía de mercado. Y los objetivos son también los de siempre: dividir a las democracias occidentales, destruir o, al menos, debilitar los vínculos entre Europa y EEUU y, en última instancia, convertir a la ONU en un embrión de gobierno mundial al servicio de sus intereses. Son, en definitiva, los mismos intereses que persiguen los terroristas islámicos. Y por eso, las escasas condenas al terrorismo por parte de la extrema izquierda, cuando tienen lugar, están siempre llenas de matices y de justificaciones favorabales a los terroristas. No es este el lugar, por razones de espacio, para refutar todos los sofismas, las falacias y las intoxicaciones que la izquierda y sus medios de comunicación afines –la inmensa mayoría– han ido propalando acerca de la guerra de Irak y de las tareas de pacificación y reconstrucción que llevan a cabo las fuerzas de la Coalición. Bastará con remitir al lector al último informe de Oxford Research International sobre la situación en Irak, publicado en junio, para darse cuenta de que la gran mayoría de los iraquíes considera que su situación personal y la del país han mejorado bastante desde la caída de Sadam, y que esperan aún más mejoras en el futuro próximo. Sin embargo, es preciso admitir que la mayoría de esas falacias e intoxicaciones han calado hondo en la opinión pública. Es preciso reconocer que la desinformación o, peor aún, la información parcial e incompleta, han representado un papel fundamental en la formacion de la opinión pública acerca del papel de las fuerzas de la Coalición en Irak. Especialmente en la opinión pública española y, más concretamente, en los españoles más jóvenes, quienes desconocen en su inmensa mayoría el sentido y la justificación de la participación de España en el esfuerzo por pacificar, reconstruir y democratizar Irak. Desde estas páginas, y desde las páginas de Libertad Digital, hemos defendido y seguimos defendiendo la intervención de las fuerzas de la Coalición en Irak y la alianza con EEUU. Cuando José María Aznar dio un paso al frente en representación de España para ayudar a nuestros aliados –y para ayudarnos a nosotros mismos- a combatir el terrorismo, la lacra del siglo XXI, tomó la decisión correcta. Nuestro puesto está al lado de los países que más han contribuido a la defensa de la libertad, la paz y la seguridad en el mundo durante el siglo XX: EEUU y Gran Bretaña. Y nuestra situación geoestratégica, entre Francia y Marruecos, dos vecinos que siempre nos han causado quebraderos de cabeza, aconsejaba estrechar la alianza con la única potencia que estaría dispuesta a ayudarnos en caso de un conflicto con nuestro inestable y agresivo vecino del sur, cuya apetencia por Ceuta, Melilla y las Canarias jamás ha disimulado, tal y como quedó de manifiesto en la crisis de Perejil. Sin embargo, aun a pesar de que fue la decisión correcta y de que había que tomarla con rapidez y sobre la marcha, el gobierno de José María Aznar no supo defenderla ni explicarla con claridad a los españoles. La comunicación siempre fue el talón de Aquiles del gobierno del PP. Y la prueba está en que si las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2003 no fueron una debacle para el PP ello se debió, en primer lugar, a la brevedad y limpieza de la guerra, en segundo lugar, a los excesos de la extrema izquierda en su campaña de algaradas, ataques y agresiones a los cargos y candidatos del PP y en tercer lugar, al efecto balsámico de la visita del Papa a España. Pero, sobre todo, se debió a que Aznar recorrió España entera en la campaña de mayo de 2003 para explicarles a los ciudadanos los logros del PP en el Gobierno –en contraste con el inexistente programa de gobierno del PSOE y sus hipotecas con los naZionalistas- y nuestro papel en Irak, a la cabeza de las decenas de naciones, especialmente las de la nueva Europa, aliadas de EEUU y comprometidas en la lucha contra el terrorismo. Pero ese esfuerzo de comunicación puntual no tuvo continuidad, cuando era más necesaria una intensa pedagogía, como la que hizo Tony Blair en el Reino Unido. El Gobierno del PP volvió a ceder, pasivamente, la iniciativa a sus adversarios y sus enemigos, sin recordar la advertencia de J. F. Revel de que la mentira es la principal fuerza de las que mueven el mundo. Y las grandes mentiras que la izquierda, a través de los medios de comunicación, había urdido sobre el 11-S, sobre Irak, sobre la situación de los iraquíes, sobre los motivos que respaldaban la intervención militar y la liquidación del régimen de Sadam y sobre las consecuencias que podría acarrearnos, en forma de ataques terroristas, nuestra participación en la pacificación y reconstrucción de Irak, se fueron convirtiendo en la verdad oficial. Una «verdad» que ha calado profundamente y que hoy es compartida por la mayoría de los españoles. No obstante, también hay que señalar, y esto es quizá lo más importante, que la extrema izquierda española habría podido muy poco sin el concurso del PSOE y de su maquinaria mediática. La prueba más fehaciente es que en 1991, en la primera parte de la guerra, la extrema izquierda –y también el sindicato de la cultura antiamericana y tardoestalinista– ya manejaba los mismos sofismas e intoxicaciones que se han oído y se oyen hoy. Las diferencias eran que el PSOE no necesitaba del agip prop de la extrema izquierda para llegar al poder -pues ya estaba en él con pretensión de usufructuarlo ad eternum-, que a la maquinaria mediática a su servicio –o viceversa- le vino como anillo al dedo la Guerra del Golfo para desviar la atención de los problemas económicos, de los escándalos de corrupción y de los crímenes de Estado –caso Juan Guerra y caso Lasa y Zabala–, y que la oposición de la derecha, liderada ya por José María Aznar, se comportó como debe comportarse en estos casos cualquier fuerza política que tenga un mínimo de sentido de Estado, esto es, apoyando al Gobierno. Además, armas de destrucción masiva aparte, se trataba también de liberar al pueblo iraquí de una dictadura genocida. Exactamente lo mismo que hizo Javier Solana, a la sazón Secretario General de la OTAN, con Milosevic en la antigua Yugoslavia, de espaldas a la ONU –Rusia se opuso– y después de que la Unión Europea demostrara su inoperancia y su nulidad en política exterior. Aunque, eso sí, el derrocamiento de Milosevic tuvo un coste en vidas inocentes y en destrucción del país infinitamente superior al de la segunda parte de la guerra de Irak. En definitiva, apenas había motivos razonables, desde el punto de vista de la izquierda socialdemócrata, para oponerse a la intervención en Irak. Y, en todo caso, había muchos menos motivos para oponerse a la segunda parte de la guerra de Irak de los que podía haber en la primera parte. Esto, naturalmente, si se toma en serio a la izquierda socialdemócrata cuando dice defender, siempre y por principio, la democracia, la libertad y la paz. No siempre lo ha hecho, y cuando lo ha hecho ha sido casi siempre obligada por las circunstancias, cuando su supervivencia dependía de ello. En cambio, la extrema izquierda jamás las ha defendido, aunque nunca ha cesado de invocarlas falsamente cuando conviene a sus propósitos. Llevan más de 100 años jugando a ese juego mendaz, y a estas alturas sólo los poco informados pueden engañarse acerca de sus verdaderos objetivos: suprimir la libertad y la democracia una vez que se han servido de ellas. Aunque, en honor a la verdad, la extrema izquierda ha sido siempre coherente y sólo ha engañado a quienes, en el fondo, querían ser engañados: su antiamericanismo visceral –que es el síntoma más claro de su pasión liberticida y antidemocrática, como muy bien ha señalado Revel– sólo es comparable a su simpatía por los dictadores genocidas. Siempre defendieron a Sadam y a Milosevic, y a cualquier otro dictador, por execrable que fuera, que se declarara enemigo de EEUU. Y por eso mismo, también simpatiza con los terroristas islamistas. En cambio, el PSOE abandonó oficialmente en Suresnes el marxismo-leninismo como estrategia y como método de análisis para seguir la vía de la socialdemocracia europea. Este es uno de los méritos que hay que reconocerle a González, quien dio el paso que hizo posible que el PSOE se convirtiera poco después en el gran partido de izquierda de la democracia española. Y parecía que, después de Suresnes, después de la transición y, sobre todo, después de los errores y de los desmanes del felipismo, el PSOE iba a completar por fin la senda de la renovación ideológica que culminó la derecha después de que Fraga se retirara del primer plano. Pero, por desgracia, y aun a pesar de que ya han pasado 30 años desde Suresnes, el socialismo español ha conservado una parte importante de su leninismo. Ha conservado buena parte de esa filosofía política que hace de la conquista del poder el fin supremo, el altar ante el que se sacrifican personas, programas, principios, pactos y reglas, escritas o no escritas. A finales de 2002, el PSOE llevaba ya casi siete años en la oposición, sin apenas esperanzas de volver al Gobierno en marzo de 2004. La excelente gestión del PP en la mayoría de las áreas de gobierno (especialmente en las más sensibles, como la economía, la lucha antiterrorista y la honradez en la gestión pública), y la ausencia de un auténtico programa de gobierno alternativo, le cerraban a ZP el camino a La Moncloa, al menos a medio plazo. Además, ZP había visto cómo PRISA pedía y obtenía la cabeza de Redondo Terreros como muestra y aviso, al más puro estilo mafioso, de que la vieja guardia de PRISA-PSOE se negaba a ser renovada y de que los días de ZP al frente de la secretaría general del PSOE estaban contados si seguía por el camino del pacto y el entendimiento con el PP en las grandes cuestiones de Estado. El camino de la madurez y de la cordura que deben seguir siempre los grandes partidos de una democracia consolidada, que saben que la disputa política debe detenerse siempre cuando se alcanzan los límites de los intereses de España y de las reglas del juego democrático. Por desgracia, ZP no presentó batalla. No quiso correr la misma suerte que PRISA le reservó a Redondo Terreros, y se alió con las fuerzas antisistema (comunistas y naZionalistas separatistas) que habían declarado una guerra sin cuartel contra el PP y contra todo lo que éste representa: una España fuerte y próspera, con presencia y voz en el grupo de cabeza de las naciones del mundo. Algo que no conviene, precisamente, a las aspiraciones de los naZionalistas separatistas, que ven en el fortalecimiento de España el peor obstáculo a sus proyectos. Y que tampoco convenía a la extrema izquierda, en guerra permanente contra EEUU y sus aliados. Había, pues, una comunidad de intereses entre naZionalistas y comunistas: derribar al Gobierno y desacreditar al partido que defiende una España sólida, unida, y firme aliada de los EEUU. Una comunidad a la que se unió irresponsablemente ZP, urgido por la imperiosa necesidad de consolidar su liderazgo al frente del PSOE, y de la que asumió la práctica totalidad de su propaganda y de sus exigencias: la labor del PP, y la figura de Aznar, debían ser destruidas y desacreditadas para siempre a ojos de los españoles. Y el pretexto de la guerra Irak era el único que tenían a mano. Con todo, el prestigio de Aznar, su retirada voluntaria del poder y la hoja de servicios del PP durante ocho años de gobierno pesaban tanto en la balanza, cinco días antes de las elecciones, que todavía contrarrestaban ampliamente lo que, a los ojos de la mayoría de los españoles, ya era el «grave error» de Irak. El PP había superado todas las zancadillas que le había puesto el bloque de la oposición, y había ganado todas las batallas. Todas menos una fundamental: la de la propaganda. Ninguna victoria es completa y definitiva si no se gana la batalla ideológica. Y en la guerra contra el terrorismo, la batalla decisiva, la que hace posible la victoria final, es la ideológica. El ejemplo más claro es la lucha contra la ETA. Los etarras y los naZionalistas vascos radicales perdieron la batalla ideológica con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y la prueba es que la ETA legal, la que se sentaba en el Congreso de los Diputados y en el Parlamento Vasco, ha dejado de existir gracias al consenso de las principales fuerzas políticas. Hoy la ETA está contra las cuerdas y ha perdido Con el terrorismo islámico ocurre lo mismo: la principal arma para combatirlo es el rearme ideológico y moral. Es llegar a la convicción de que el objetivo de los terroristas islámicos no es llegar a una negociación, sino aniquilar un modo de vida que, a sus ojos, es una blasfemia viviente, el principio y origen todos los males del mundo. Los terroristas islámicos no odian a Occidente por el conflicto árabe-israelí o por el hecho de que en el mundo árabe los niveles de desarrollo económico sean muy inferiores a los de Occidente. No odian a Occidente porque lo que hace, sino por lo que es y por lo que significa. Porque representa la libertad, la sociedad abierta y el progreso. Pero, sobre todo, porque representa la crítica, la negación de todo dogmatismo, la libertad de pensamiento y la libertad de creer o de descreer, frente a la plúmbea pesadilla neototalitaria que quieren imponer los terroristas islámicos, donde cada aspecto y cada minucia de la vida diaria están regulados milimétricamente. Y uno de sus objetivos principales –confesado por el propio Ben Laden– es que España, el único país del mundo que retornó al cristianismo después de ser islamizado, vuelva al Islam. La extrema izquierda ha visto que el potencial destructivo y disolvente del terrorismo islámico ejerce una función muy parecida a la de los misiles y las divisiones soviéticas. Por tanto, fiel al principio de que el fin justifica los medios, se ha aliado en la sombra con los terroristas. Es lo que cabía esperar de otros fundamentalistas que, en el pasado, tampoco dudaron en recurrir al terror y al asesinato para imponer sus doctrinas. Pero ZP, líder de uno de los dos grandes partidos que sustentan la democracia española y que representan a una de las naciones más antiguas e importantes de Occidente, ha traicionado la responsabilidad que le corresponde como líder y representante de más del 40% de los españoles. La política no es una carrera contra reloj y a cualquier precio hacia el poder. Es la conciencia de que el poder ha de emplearse en servicio de los ciudadanos. Y la conviccion de que, para obtenerlo, no todas las armas son lícitas o legítimas. El recurso a la manipulación y a la mentira es propio de políticos sin recursos y sin programas, que nada tienen que ofrecer a los ciudadanos salvo una desaforada ambición de poder y una total carencia de escrúpulos, que quedó de manifiesto en la jornada de reflexión del pasado 13 de marzo. Pero, aun desde el punto de vista del cinismo político más maquiavélico, cuando la mentira y la manipulación dejan de afectar exclusivamente al adversario para tocar directamente a la seguridad y a los intereses nacionales, son peor que un crimen. Son, como diría Tayllerand, un gravísimo error, pues el poder personal se compra al precio de debilitar la base misma de donde emana ese poder. Un precio que ZP ya ha empezado a pagar y que acabaremos pagando, tarde o temprano todos los españoles: la pérdida de nuestros mejores aliados y de nuesto prestigio y credibilidad en el exterior, la sumisión a los caprichos de la minoría naZionalista-separatista –no hay mayor perversión del principio democrático– y el abandono de la estabilidad política e institucional que ha hecho posible el espectacular progreso económico de los últimos ocho años. ZP y el PSOE han causado un grave perjuicio a los intereses de España y de los españoles por conseguir una magra cuota de poder fuertemente hipotecada a los nacionalismos y a la extrema izquierda. Ya ha recibido el primer aviso en las Elecciones Europeas del pasado 13 de junio, apenas tres meses después del 11-M, de que su crédito empieza a agotarse, de que la guerra de Irak ya pertenece al pasado y de que gobernar no es decir «sí» a todo el mundo con una sonrisa en la cara. Y a quienes primero tendrá que decirles «no», en interés de España y en interés del propio PSOE, es a sus propios socios de Gobierno: a los naZionalistas y, muy especialmente, a Maragall. Porque no es probable que los españoles se conformen con una sonrisa cuando Carod e Ibarretxe presenten la declaración de independencia de facto, cuando Marruecos aproveche para hacer de las suyas y cuando en Europa tengamos que depender de Francia y Alemania para defender nuestros intereses.Desde el fatídico 11 de marzo hasta el cierre de esta edición, se han ido produciendo revelaciones y testimonios de individuos directamente implicados en la organización de los atentados que empiezan a apuntar claramente hacia dos hipótesis no excluyentes entre sí. La primera, que el 11-M fue, sobre todo y en el mejor de los casos, consecuencia de una inaudita e imperdonable negligencia por parte de algunos miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, habida cuenta de que los encargados de la logística del atentado eran, en su mayoría, confidentes policiales. Y la segunda, que los atentados del 11-M fueron planeados, tal y como se desprende de las conversaciones interceptadas a «El Egipcio» por la policía italiana, poco después del 11-S. Es decir, fueron planeados mucho antes de que comenzara la guerra de Irak o la de Afganistán, y la fecha de su ejecución fue cuidadosamente elegida para provocar el máximo impacto político y propagandístico. Indudablemente, los terroristas consiguieron sus objetivos: el primero, debilitar a la Coalición internacional que ha declarado la guerra al terrorismo; y el segundo, demostrar que el terror puede alterar decisivamente, y a favor de sus intereses, los resultados de unas elecciones democráticas. Esto, con ser evidente, requiere, sin embargo de una explicación. Sobre todo en el caso de España, el país que, junto con Israel y el Reino Unido, más experiencia y preparación psicológica tenía en principio para luchar contra el terrorismo y sus consecuencias. Es preciso explicar cómo es posible que una sociedad habituada a convivir con la amenaza terrorista, una sociedad que ha aprendido que la única forma de acabar con el terrorismo es apoyar sin fisuras al Gobierno, sea cual sea, para que lo combata sin descanso, pudiera reaccionar como lo hizo tres días después: con una mezcla de pánico y de ira contra el mejor Gobierno que ha tenido España en los últimos 25 años. Contra el mismo Gobierno que puso a la ETA contra las cuerdas. No es necesario relatar los hechos, por todos conocidos, que acontecieron durante el jueves, el viernes y el sábado de la semana de las elecciones del 14 de junio. Hoy ya existen pocas dudas de que la Cadena Ser y Alfredo P. Rubalcaba manipularon descaradamente a la opinión pública, tanto con la información que probablemente obtuvieron, horas antes que el Gobierno, de las investigaciones policiales sobre los atentados como con burdas intoxicaciones como la del cadáver del supuesto terrorista suicida. Y tampoco hay demasiadas dudas de que el PSOE y la Cadena Ser alentaran, siquiera pasivamente, las concentraciones ilegales frente a las sedes del PP en la jornada de reflexión y difundieran la especie de que el Gobierno mintió y ocultó información. Se trata, en cualquier caso, de hipótesis muy verosímiles. De hechos gravísimos que, de llegar a confirmarse en la Comisión de Investigación del 11-M, dañarían irreparablemente la credibilidad del PSOE como partido democrático y anularían gran parte de la legitimidad del actual Gobierno socialista. Con todo, la explicación última de lo sucedido el 14 de marzo no se encuentra en la actuación del PSOE y de la Cadena Ser durante los días 12 y 13 de marzo. Y la prueba es que la autoría del atentado no era, ni mucho menos, indiferente. Porque si los atentados hubieran sido perpetrados por la ETA, los mensajes de la Cadena Ser y de Rubalcaba la víspera de las elecciones habrían sido muy distintos –como, de hecho, lo fueron durante todo el día 11 y parte del 12–, y la situación política sería hoy muy diferente. La explicación hay que buscarla, más bien, en los factores que han influido en la opinión pública española para distinguir entre terrorismo «doméstico» y terrorismo «internacional». En los factores que han hecho creer a los españoles en la incoherencia de que las mismas reglas de firmeza que valen contra el terrorismo etarra no son aplicables a los terroristas islámicos. Ronald Reagan, fallecido hace pocas semanas, ha pasado a la Historia como uno de los grandes presidentes de los EEUU. Y para muchos, especialmente para los amantes de la libertad, el vencedor de la guerra fría será recordado como uno de los grandes benefactores de la Humanidad. Sin embargo, la victoria del mundo libre contra el «Imperio del Mal» –como bautizó Reagan al Imperio Soviético–, aun abrumadora, no fue del todo completa. Es verdad que los ejércitos y los misiles soviéticos dejaron de ser una amenaza para Occidente. Y es verdad que la mayoría de los países del antiguo Telón de Acero se sacudieron la tiranía, y hoy algunos de ellos ya son miembros de la Unión Europea. Pero la quinta columna que los soviéticos financiaron y entrenaron en las principales democracias occidentales, especialmente en Europa, ha logrado sobrevivir al hundimiento del socialismo real. Tras unos años de confusión y desmoralización por el, para muchos, inesperado e inexplicable derrumbe del comunismo, la extrema izquierda ha logrado reorganizarse para continuar la guerra que, contra el mundo libre, comenzó hace ya más de 100 años. La extrema izquierda ha emprendido una especie de «guerra de guerrillas» desde sus bastiones tradicionales (los medios de comunicación, el mundo de la cultura, la Universidad y los centros educativos) contra sus enemigos de siempre. Contra los EEUU, sus aliados y todo lo que éstos representan: la libertad, la democracia y, sobre todo, la economía de mercado. Y los objetivos son también los de siempre: dividir a las democracias occidentales, destruir o, al menos, debilitar los vínculos entre Europa y EEUU y, en última instancia, convertir a la ONU en un embrión de gobierno mundial al servicio de sus intereses. Son, en definitiva, los mismos intereses que persiguen los terroristas islámicos. Y por eso, las escasas condenas al terrorismo por parte de la extrema izquierda, cuando tienen lugar, están siempre llenas de matices y de justificaciones favorabales a los terroristas. No es este el lugar, por razones de espacio, para refutar todos los sofismas, las falacias y las intoxicaciones que la izquierda y sus medios de comunicación afines –la inmensa mayoría– han ido propalando acerca de la guerra de Irak y de las tareas de pacificación y reconstrucción que llevan a cabo las fuerzas de la Coalición. Bastará con remitir al lector al último informe de Oxford Research International sobre la situación en Irak, publicado en junio, para darse cuenta de que la gran mayoría de los iraquíes considera que su situación personal y la del país han mejorado bastante desde la caída de Sadam, y que esperan aún más mejoras en el futuro próximo. Sin embargo, es preciso admitir que la mayoría de esas falacias e intoxicaciones han calado hondo en la opinión pública. Es preciso reconocer que la desinformación o, peor aún, la información parcial e incompleta, han representado un papel fundamental en la formacion de la opinión pública acerca del papel de las fuerzas de la Coalición en Irak. Especialmente en la opinión pública española y, más concretamente, en los españoles más jóvenes, quienes desconocen en su inmensa mayoría el sentido y la justificación de la participación de España en el esfuerzo por pacificar, reconstruir y democratizar Irak. Desde estas páginas, y desde las páginas de Libertad Digital, hemos defendido y seguimos defendiendo la intervención de las fuerzas de la Coalición en Irak y la alianza con EEUU. Cuando José María Aznar dio un paso al frente en representación de España para ayudar a nuestros aliados –y para ayudarnos a nosotros mismos- a combatir el terrorismo, la lacra del siglo XXI, tomó la decisión correcta. Nuestro puesto está al lado de los países que más han contribuido a la defensa de la libertad, la paz y la seguridad en el mundo durante el siglo XX: EEUU y Gran Bretaña. Y nuestra situación geoestratégica, entre Francia y Marruecos, dos vecinos que siempre nos han causado quebraderos de cabeza, aconsejaba estrechar la alianza con la única potencia que estaría dispuesta a ayudarnos en caso de un conflicto con nuestro inestable y agresivo vecino del sur, cuya apetencia por Ceuta, Melilla y las Canarias jamás ha disimulado, tal y como quedó de manifiesto en la crisis de Perejil. Sin embargo, aun a pesar de que fue la decisión correcta y de que había que tomarla con rapidez y sobre la marcha, el gobierno de José María Aznar no supo defenderla ni explicarla con claridad a los españoles. La comunicación siempre fue el talón de Aquiles del gobierno del PP. Y la prueba está en que si las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2003 no fueron una debacle para el PP ello se debió, en primer lugar, a la brevedad y limpieza de la guerra, en segundo lugar, a los excesos de la extrema izquierda en su campaña de algaradas, ataques y agresiones a los cargos y candidatos del PP y en tercer lugar, al efecto balsámico de la visita del Papa a España. Pero, sobre todo, se debió a que Aznar recorrió España entera en la campaña de mayo de 2003 para explicarles a los ciudadanos los logros del PP en el Gobierno –en contraste con el inexistente programa de gobierno del PSOE y sus hipotecas con los naZionalistas- y nuestro papel en Irak, a la cabeza de las decenas de naciones, especialmente las de la nueva Europa, aliadas de EEUU y comprometidas en la lucha contra el terrorismo. Pero ese esfuerzo de comunicación puntual no tuvo continuidad, cuando era más necesaria una intensa pedagogía, como la que hizo Tony Blair en el Reino Unido. El Gobierno del PP volvió a ceder, pasivamente, la iniciativa a sus adversarios y sus enemigos, sin recordar la advertencia de J. F. Revel de que la mentira es la principal fuerza de las que mueven el mundo. Y las grandes mentiras que la izquierda, a través de los medios de comunicación, había urdido sobre el 11-S, sobre Irak, sobre la situación de los iraquíes, sobre los motivos que respaldaban la intervención militar y la liquidación del régimen de Sadam y sobre las consecuencias que podría acarrearnos, en forma de ataques terroristas, nuestra participación en la pacificación y reconstrucción de Irak, se fueron convirtiendo en la verdad oficial. Una «verdad» que ha calado profundamente y que hoy es compartida por la mayoría de los españoles. No obstante, también hay que señalar, y esto es quizá lo más importante, que la extrema izquierda española habría podido muy poco sin el concurso del PSOE y de su maquinaria mediática. La prueba más fehaciente es que en 1991, en la primera parte de la guerra, la extrema izquierda –y también el sindicato de la cultura antiamericana y tardoestalinista– ya manejaba los mismos sofismas e intoxicaciones que se han oído y se oyen hoy. Las diferencias eran que el PSOE no necesitaba del agip prop de la extrema izquierda para llegar al poder -pues ya estaba en él con pretensión de usufructuarlo ad eternum-, que a la maquinaria mediática a su servicio –o viceversa- le vino como anillo al dedo la Guerra del Golfo para desviar la atención de los problemas económicos, de los escándalos de corrupción y de los crímenes de Estado –caso Juan Guerra y caso Lasa y Zabala–, y que la oposición de la derecha, liderada ya por José María Aznar, se comportó como debe comportarse en estos casos cualquier fuerza política que tenga un mínimo de sentido de Estado, esto es, apoyando al Gobierno. Además, armas de destrucción masiva aparte, se trataba también de liberar al pueblo iraquí de una dictadura genocida. Exactamente lo mismo que hizo Javier Solana, a la sazón Secretario General de la OTAN, con Milosevic en la antigua Yugoslavia, de espaldas a la ONU –Rusia se opuso– y después de que la Unión Europea demostrara su inoperancia y su nulidad en política exterior. Aunque, eso sí, el derrocamiento de Milosevic tuvo un coste en vidas inocentes y en destrucción del país infinitamente superior al de la segunda parte de la guerra de Irak. En definitiva, apenas había motivos razonables, desde el punto de vista de la izquierda socialdemócrata, para oponerse a la intervención en Irak. Y, en todo caso, había muchos menos motivos para oponerse a la segunda parte de la guerra de Irak de los que podía haber en la primera parte. Esto, naturalmente, si se toma en serio a la izquierda socialdemócrata cuando dice defender, siempre y por principio, la democracia, la libertad y la paz. No siempre lo ha hecho, y cuando lo ha hecho ha sido casi siempre obligada por las circunstancias, cuando su supervivencia dependía de ello. En cambio, la extrema izquierda jamás las ha defendido, aunque nunca ha cesado de invocarlas falsamente cuando conviene a sus propósitos. Llevan más de 100 años jugando a ese juego mendaz, y a estas alturas sólo los poco informados pueden engañarse acerca de sus verdaderos objetivos: suprimir la libertad y la democracia una vez que se han servido de ellas. Aunque, en honor a la verdad, la extrema izquierda ha sido siempre coherente y sólo ha engañado a quienes, en el fondo, querían ser engañados: su antiamericanismo visceral –que es el síntoma más claro de su pasión liberticida y antidemocrática, como muy bien ha señalado Revel– sólo es comparable a su simpatía por los dictadores genocidas. Siempre defendieron a Sadam y a Milosevic, y a cualquier otro dictador, por execrable que fuera, que se declarara enemigo de EEUU. Y por eso mismo, también simpatiza con los terroristas islamistas. En cambio, el PSOE abandonó oficialmente en Suresnes el marxismo-leninismo como estrategia y como método de análisis para seguir la vía de la socialdemocracia europea. Este es uno de los méritos que hay que reconocerle a González, quien dio el paso que hizo posible que el PSOE se convirtiera poco después en el gran partido de izquierda de la democracia española. Y parecía que, después de Suresnes, después de la transición y, sobre todo, después de los errores y de los desmanes del felipismo, el PSOE iba a completar por fin la senda de la renovación ideológica que culminó la derecha después de que Fraga se retirara del primer plano. Pero, por desgracia, y aun a pesar de que ya han pasado 30 años desde Suresnes, el socialismo español ha conservado una parte importante de su leninismo. Ha conservado buena parte de esa filosofía política que hace de la conquista del poder el fin supremo, el altar ante el que se sacrifican personas, programas, principios, pactos y reglas, escritas o no escritas. A finales de 2002, el PSOE llevaba ya casi siete años en la oposición, sin apenas esperanzas de volver al Gobierno en marzo de 2004. La excelente gestión del PP en la mayoría de las áreas de gobierno (especialmente en las más sensibles, como la economía, la lucha antiterrorista y la honradez en la gestión pública), y la ausencia de un auténtico programa de gobierno alternativo, le cerraban a ZP el camino a La Moncloa, al menos a medio plazo. Además, ZP había visto cómo PRISA pedía y obtenía la cabeza de Redondo Terreros como muestra y aviso, al más puro estilo mafioso, de que la vieja guardia de PRISA-PSOE se negaba a ser renovada y de que los días de ZP al frente de la secretaría general del PSOE estaban contados si seguía por el camino del pacto y el entendimiento con el PP en las grandes cuestiones de Estado. El camino de la madurez y de la cordura que deben seguir siempre los grandes partidos de una democracia consolidada, que saben que la disputa política debe detenerse siempre cuando se alcanzan los límites de los intereses de España y de las reglas del juego democrático. Por desgracia, ZP no presentó batalla. No quiso correr la misma suerte que PRISA le reservó a Redondo Terreros, y se alió con las fuerzas antisistema (comunistas y naZionalistas separatistas) que habían declarado una guerra sin cuartel contra el PP y contra todo lo que éste representa: una España fuerte y próspera, con presencia y voz en el grupo de cabeza de las naciones del mundo. Algo que no conviene, precisamente, a las aspiraciones de los naZionalistas separatistas, que ven en el fortalecimiento de España el peor obstáculo a sus proyectos. Y que tampoco convenía a la extrema izquierda, en guerra permanente contra EEUU y sus aliados. Había, pues, una comunidad de intereses entre naZionalistas y comunistas: derribar al Gobierno y desacreditar al partido que defiende una España sólida, unida, y firme aliada de los EEUU. Una comunidad a la que se unió irresponsablemente ZP, urgido por la imperiosa necesidad de consolidar su liderazgo al frente del PSOE, y de la que asumió la práctica totalidad de su propaganda y de sus exigencias: la labor del PP, y la figura de Aznar, debían ser destruidas y desacreditadas para siempre a ojos de los españoles. Y el pretexto de la guerra Irak era el único que tenían a mano. Con todo, el prestigio de Aznar, su retirada voluntaria del poder y la hoja de servicios del PP durante ocho años de gobierno pesaban tanto en la balanza, cinco días antes de las elecciones, que todavía contrarrestaban ampliamente lo que, a los ojos de la mayoría de los españoles, ya era el «grave error» de Irak. El PP había superado todas las zancadillas que le había puesto el bloque de la oposición, y había ganado todas las batallas. Todas menos una fundamental: la de la propaganda. Ninguna victoria es completa y definitiva si no se gana la batalla ideológica. Y en la guerra contra el terrorismo, la batalla decisiva, la que hace posible la victoria final, es la ideológica. El ejemplo más claro es la lucha contra la ETA. Los etarras y los naZionalistas vascos radicales perdieron la batalla ideológica con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y la prueba es que la ETA legal, la que se sentaba en el Congreso de los Diputados y en el Parlamento Vasco, ha dejado de existir gracias al consenso de las principales fuerzas políticas. Hoy la ETA está contra las cuerdas y ha perdido Con el terrorismo islámico ocurre lo mismo: la principal arma para combatirlo es el rearme ideológico y moral. Es llegar a la convicción de que el objetivo de los terroristas islámicos no es llegar a una negociación, sino aniquilar un modo de vida que, a sus ojos, es una blasfemia viviente, el principio y origen todos los males del mundo. Los terroristas islámicos no odian a Occidente por el conflicto árabe-israelí o por el hecho de que en el mundo árabe los niveles de desarrollo económico sean muy inferiores a los de Occidente. No odian a Occidente porque lo que hace, sino por lo que es y por lo que significa. Porque representa la libertad, la sociedad abierta y el progreso. Pero, sobre todo, porque representa la crítica, la negación de todo dogmatismo, la libertad de pensamiento y la libertad de creer o de descreer, frente a la plúmbea pesadilla neototalitaria que quieren imponer los terroristas islámicos, donde cada aspecto y cada minucia de la vida diaria están regulados milimétricamente. Y uno de sus objetivos principales –confesado por el propio Ben Laden– es que España, el único país del mundo que retornó al cristianismo después de ser islamizado, vuelva al Islam. La extrema izquierda ha visto que el potencial destructivo y disolvente del terrorismo islámico ejerce una función muy parecida a la de los misiles y las divisiones soviéticas. Por tanto, fiel al principio de que el fin justifica los medios, se ha aliado en la sombra con los terroristas. Es lo que cabía esperar de otros fundamentalistas que, en el pasado, tampoco dudaron en recurrir al terror y al asesinato para imponer sus doctrinas. Pero ZP, líder de uno de los dos grandes partidos que sustentan la democracia española y que representan a una de las naciones más antiguas e importantes de Occidente, ha traicionado la responsabilidad que le corresponde como líder y representante de más del 40% de los españoles. La política no es una carrera contra reloj y a cualquier precio hacia el poder. Es la conciencia de que el poder ha de emplearse en servicio de los ciudadanos. Y la conviccion de que, para obtenerlo, no todas las armas son lícitas o legítimas. El recurso a la manipulación y a la mentira es propio de políticos sin recursos y sin programas, que nada tienen que ofrecer a los ciudadanos salvo una desaforada ambición de poder y una total carencia de escrúpulos, que quedó de manifiesto en la jornada de reflexión del pasado 13 de marzo. Pero, aun desde el punto de vista del cinismo político más maquiavélico, cuando la mentira y la manipulación dejan de afectar exclusivamente al adversario para tocar directamente a la seguridad y a los intereses nacionales, son peor que un crimen. Son, como diría Tayllerand, un gravísimo error, pues el poder personal se compra al precio de debilitar la base misma de donde emana ese poder. Un precio que ZP ya ha empezado a pagar y que acabaremos pagando, tarde o temprano todos los españoles: la pérdida de nuestros mejores aliados y de nuesto prestigio y credibilidad en el exterior, la sumisión a los caprichos de la minoría naZionalista-separatista –no hay mayor perversión del principio democrático– y el abandono de la estabilidad política e institucional que ha hecho posible el espectacular progreso económico de los últimos ocho años. ZP y el PSOE han causado un grave perjuicio a los intereses de España y de los españoles por conseguir una magra cuota de poder fuertemente hipotecada a los nacionalismos y a la extrema izquierda. Ya ha recibido el primer aviso en las Elecciones Europeas del pasado 13 de junio, apenas tres meses después del 11-M, de que su crédito empieza a agotarse, de que la guerra de Irak ya pertenece al pasado y de que gobernar no es decir «sí» a todo el mundo con una sonrisa en la cara. Y a quienes primero tendrá que decirles «no», en interés de España y en interés del propio PSOE, es a sus propios socios de Gobierno: a los naZionalistas y, muy especialmente, a Maragall. Porque no es probable que los españoles se conformen con una sonrisa cuando Carod e Ibarretxe presenten la declaración de independencia de facto, cuando Marruecos aproveche para hacer de las suyas y cuando en Europa tengamos que depender de Francia y Alemania para defender nuestros intereses.Desde el fatídico 11 de marzo hasta el cierre de esta edición, se han ido produciendo revelaciones y testimonios de individuos directamente implicados en la organización de los atentados que empiezan a apuntar claramente hacia dos hipótesis no excluyentes entre sí. La primera, que el 11-M fue, sobre todo y en el mejor de los casos, consecuencia de una inaudita e imperdonable negligencia por parte de algunos miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, habida cuenta de que los encargados de la logística del atentado eran, en su mayoría, confidentes policiales. Y la segunda, que los atentados del 11-M fueron planeados, tal y como se desprende de las conversaciones interceptadas a «El Egipcio» por la policía italiana, poco después del 11-S. Es decir, fueron planeados mucho antes de que comenzara la guerra de Irak o la de Afganistán, y la fecha de su ejecución fue cuidadosamente elegida para provocar el máximo impacto político y propagandístico. Indudablemente, los terroristas consiguieron sus objetivos: el primero, debilitar a la Coalición internacional que ha declarado la guerra al terrorismo; y el segundo, demostrar que el terror puede alterar decisivamente, y a favor de sus intereses, los resultados de unas elecciones democráticas. Esto, con ser evidente, requiere, sin embargo de una explicación. Sobre todo en el caso de España, el país que, junto con Israel y el Reino Unido, más experiencia y preparación psicológica tenía en principio para luchar contra el terrorismo y sus consecuencias. Es preciso explicar cómo es posible que una sociedad habituada a convivir con la amenaza terrorista, una sociedad que ha aprendido que la única forma de acabar con el terrorismo es apoyar sin fisuras al Gobierno, sea cual sea, para que lo combata sin descanso, pudiera reaccionar como lo hizo tres días después: con una mezcla de pánico y de ira contra el mejor Gobierno que ha tenido España en los últimos 25 años. Contra el mismo Gobierno que puso a la ETA contra las cuerdas. No es necesario relatar los hechos, por todos conocidos, que acontecieron durante el jueves, el viernes y el sábado de la semana de las elecciones del 14 de junio. Hoy ya existen pocas dudas de que la Cadena Ser y Alfredo P. Rubalcaba manipularon descaradamente a la opinión pública, tanto con la información que probablemente obtuvieron, horas antes que el Gobierno, de las investigaciones policiales sobre los atentados como con burdas intoxicaciones como la del cadáver del supuesto terrorista suicida. Y tampoco hay demasiadas dudas de que el PSOE y la Cadena Ser alentaran, siquiera pasivamente, las concentraciones ilegales frente a las sedes del PP en la jornada de reflexión y difundieran la especie de que el Gobierno mintió y ocultó información. Se trata, en cualquier caso, de hipótesis muy verosímiles. De hechos gravísimos que, de llegar a confirmarse en la Comisión de Investigación del 11-M, dañarían irreparablemente la credibilidad del PSOE como partido democrático y anularían gran parte de la legitimidad del actual Gobierno socialista. Con todo, la explicación última de lo sucedido el 14 de marzo no se encuentra en la actuación del PSOE y de la Cadena Ser durante los días 12 y 13 de marzo. Y la prueba es que la autoría del atentado no era, ni mucho menos, indiferente. Porque si los atentados hubieran sido perpetrados por la ETA, los mensajes de la Cadena Ser y de Rubalcaba la víspera de las elecciones habrían sido muy distintos –como, de hecho, lo fueron durante todo el día 11 y parte del 12–, y la situación política sería hoy muy diferente. La explicación hay que buscarla, más bien, en los factores que han influido en la opinión pública española para distinguir entre terrorismo «doméstico» y terrorismo «internacional». En los factores que han hecho creer a los españoles en la incoherencia de que las mismas reglas de firmeza que valen contra el terrorismo etarra no son aplicables a los terroristas islámicos. Ronald Reagan, fallecido hace pocas semanas, ha pasado a la Historia como uno de los grandes presidentes de los EEUU. Y para muchos, especialmente para los amantes de la libertad, el vencedor de la guerra fría será recordado como uno de los grandes benefactores de la Humanidad. Sin embargo, la victoria del mundo libre contra el «Imperio del Mal» –como bautizó Reagan al Imperio Soviético–, aun abrumadora, no fue del todo completa. Es verdad que los ejércitos y los misiles soviéticos dejaron de ser una amenaza para Occidente. Y es verdad que la mayoría de los países del antiguo Telón de Acero se sacudieron la tiranía, y hoy algunos de ellos ya son miembros de la Unión Europea. Pero la quinta columna que los soviéticos financiaron y entrenaron en las principales democracias occidentales, especialmente en Europa, ha logrado sobrevivir al hundimiento del socialismo real. Tras unos años de confusión y desmoralización por el, para muchos, inesperado e inexplicable derrumbe del comunismo, la extrema izquierda ha logrado reorganizarse para continuar la guerra que, contra el mundo libre, comenzó hace ya más de 100 años. La extrema izquierda ha emprendido una especie de «guerra de guerrillas» desde sus bastiones tradicionales (los medios de comunicación, el mundo de la cultura, la Universidad y los centros educativos) contra sus enemigos de siempre. Contra los EEUU, sus aliados y todo lo que éstos representan: la libertad, la democracia y, sobre todo, la economía de mercado. Y los objetivos son también los de siempre: dividir a las democracias occidentales, destruir o, al menos, debilitar los vínculos entre Europa y EEUU y, en última instancia, convertir a la ONU en un embrión de gobierno mundial al servicio de sus intereses. Son, en definitiva, los mismos intereses que persiguen los terroristas islámicos. Y por eso, las escasas condenas al terrorismo por parte de la extrema izquierda, cuando tienen lugar, están siempre llenas de matices y de justificaciones favorabales a los terroristas. No es este el lugar, por razones de espacio, para refutar todos los sofismas, las falacias y las intoxicaciones que la izquierda y sus medios de comunicación afines –la inmensa mayoría– han ido propalando acerca de la guerra de Irak y de las tareas de pacificación y reconstrucción que llevan a cabo las fuerzas de la Coalición. Bastará con remitir al lector al último informe de Oxford Research International sobre la situación en Irak, publicado en junio, para darse cuenta de que la gran mayoría de los iraquíes considera que su situación personal y la del país han mejorado bastante desde la caída de Sadam, y que esperan aún más mejoras en el futuro próximo. Sin embargo, es preciso admitir que la mayoría de esas falacias e intoxicaciones han calado hondo en la opinión pública. Es preciso reconocer que la desinformación o, peor aún, la información parcial e incompleta, han representado un papel fundamental en la formacion de la opinión pública acerca del papel de las fuerzas de la Coalición en Irak. Especialmente en la opinión pública española y, más concretamente, en los españoles más jóvenes, quienes desconocen en su inmensa mayoría el sentido y la justificación de la participación de España en el esfuerzo por pacificar, reconstruir y democratizar Irak. Desde estas páginas, y desde las páginas de Libertad Digital, hemos defendido y seguimos defendiendo la intervención de las fuerzas de la Coalición en Irak y la alianza con EEUU. Cuando José María Aznar dio un paso al frente en representación de España para ayudar a nuestros aliados –y para ayudarnos a nosotros mismos- a combatir el terrorismo, la lacra del siglo XXI, tomó la decisión correcta. Nuestro puesto está al lado de los países que más han contribuido a la defensa de la libertad, la paz y la seguridad en el mundo durante el siglo XX: EEUU y Gran Bretaña. Y nuestra situación geoestratégica, entre Francia y Marruecos, dos vecinos que siempre nos han causado quebraderos de cabeza, aconsejaba estrechar la alianza con la única potencia que estaría dispuesta a ayudarnos en caso de un conflicto con nuestro inestable y agresivo vecino del sur, cuya apetencia por Ceuta, Melilla y las Canarias jamás ha disimulado, tal y como quedó de manifiesto en la crisis de Perejil. Sin embargo, aun a pesar de que fue la decisión correcta y de que había que tomarla con rapidez y sobre la marcha, el gobierno de José María Aznar no supo defenderla ni explicarla con claridad a los españoles. La comunicación siempre fue el talón de Aquiles del gobierno del PP. Y la prueba está en que si las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2003 no fueron una debacle para el PP ello se debió, en primer lugar, a la brevedad y limpieza de la guerra, en segundo lugar, a los excesos de la extrema izquierda en su campaña de algaradas, ataques y agresiones a los cargos y candidatos del PP y en tercer lugar, al efecto balsámico de la visita del Papa a España. Pero, sobre todo, se debió a que Aznar recorrió España entera en la campaña de mayo de 2003 para explicarles a los ciudadanos los logros del PP en el Gobierno –en contraste con el inexistente programa de gobierno del PSOE y sus hipotecas con los naZionalistas- y nuestro papel en Irak, a la cabeza de las decenas de naciones, especialmente las de la nueva Europa, aliadas de EEUU y comprometidas en la lucha contra el terrorismo. Pero ese esfuerzo de comunicación puntual no tuvo continuidad, cuando era más necesaria una intensa pedagogía, como la que hizo Tony Blair en el Reino Unido. El Gobierno del PP volvió a ceder, pasivamente, la iniciativa a sus adversarios y sus enemigos, sin recordar la advertencia de J. F. Revel de que la mentira es la principal fuerza de las que mueven el mundo. Y las grandes mentiras que la izquierda, a través de los medios de comunicación, había urdido sobre el 11-S, sobre Irak, sobre la situación de los iraquíes, sobre los motivos que respaldaban la intervención militar y la liquidación del régimen de Sadam y sobre las consecuencias que podría acarrearnos, en forma de ataques terroristas, nuestra participación en la pacificación y reconstrucción de Irak, se fueron convirtiendo en la verdad oficial. Una «verdad» que ha calado profundamente y que hoy es compartida por la mayoría de los españoles. No obstante, también hay que señalar, y esto es quizá lo más importante, que la extrema izquierda española habría podido muy poco sin el concurso del PSOE y de su maquinaria mediática. La prueba más fehaciente es que en 1991, en la primera parte de la guerra, la extrema izquierda –y también el sindicato de la cultura antiamericana y tardoestalinista– ya manejaba los mismos sofismas e intoxicaciones que se han oído y se oyen hoy. Las diferencias eran que el PSOE no necesitaba del agip prop de la extrema izquierda para llegar al poder -pues ya estaba en él con pretensión de usufructuarlo ad eternum-, que a la maquinaria mediática a su servicio –o viceversa- le vino como anillo al dedo la Guerra del Golfo para desviar la atención de los problemas económicos, de los escándalos de corrupción y de los crímenes de Estado –caso Juan Guerra y caso Lasa y Zabala–, y que la oposición de la derecha, liderada ya por José María Aznar, se comportó como debe comportarse en estos casos cualquier fuerza política que tenga un mínimo de sentido de Estado, esto es, apoyando al Gobierno. Además, armas de destrucción masiva aparte, se trataba también de liberar al pueblo iraquí de una dictadura genocida. Exactamente lo mismo que hizo Javier Solana, a la sazón Secretario General de la OTAN, con Milosevic en la antigua Yugoslavia, de espaldas a la ONU –Rusia se opuso– y después de que la Unión Europea demostrara su inoperancia y su nulidad en política exterior. Aunque, eso sí, el derrocamiento de Milosevic tuvo un coste en vidas inocentes y en destrucción del país infinitamente superior al de la segunda parte de la guerra de Irak. En definitiva, apenas había motivos razonables, desde el punto de vista de la izquierda socialdemócrata, para oponerse a la intervención en Irak. Y, en todo caso, había muchos menos motivos para oponerse a la segunda parte de la guerra de Irak de los que podía haber en la primera parte. Esto, naturalmente, si se toma en serio a la izquierda socialdemócrata cuando dice defender, siempre y por principio, la democracia, la libertad y la paz. No siempre lo ha hecho, y cuando lo ha hecho ha sido casi siempre obligada por las circunstancias, cuando su supervivencia dependía de ello. En cambio, la extrema izquierda jamás las ha defendido, aunque nunca ha cesado de invocarlas falsamente cuando conviene a sus propósitos. Llevan más de 100 años jugando a ese juego mendaz, y a estas alturas sólo los poco informados pueden engañarse acerca de sus verdaderos objetivos: suprimir la libertad y la democracia una vez que se han servido de ellas. Aunque, en honor a la verdad, la extrema izquierda ha sido siempre coherente y sólo ha engañado a quienes, en el fondo, querían ser engañados: su antiamericanismo visceral –que es el síntoma más claro de su pasión liberticida y antidemocrática, como muy bien ha señalado Revel– sólo es comparable a su simpatía por los dictadores genocidas. Siempre defendieron a Sadam y a Milosevic, y a cualquier otro dictador, por execrable que fuera, que se declarara enemigo de EEUU. Y por eso mismo, también simpatiza con los terroristas islamistas. En cambio, el PSOE abandonó oficialmente en Suresnes el marxismo-leninismo como estrategia y como método de análisis para seguir la vía de la socialdemocracia europea. Este es uno de los méritos que hay que reconocerle a González, quien dio el paso que hizo posible que el PSOE se convirtiera poco después en el gran partido de izquierda de la democracia española. Y parecía que, después de Suresnes, después de la transición y, sobre todo, después de los errores y de los desmanes del felipismo, el PSOE iba a completar por fin la senda de la renovación ideológica que culminó la derecha después de que Fraga se retirara del primer plano. Pero, por desgracia, y aun a pesar de que ya han pasado 30 años desde Suresnes, el socialismo español ha conservado una parte importante de su leninismo. Ha conservado buena parte de esa filosofía política que hace de la conquista del poder el fin supremo, el altar ante el que se sacrifican personas, programas, principios, pactos y reglas, escritas o no escritas. A finales de 2002, el PSOE llevaba ya casi siete años en la oposición, sin apenas esperanzas de volver al Gobierno en marzo de 2004. La excelente gestión del PP en la mayoría de las áreas de gobierno (especialmente en las más sensibles, como la economía, la lucha antiterrorista y la honradez en la gestión pública), y la ausencia de un auténtico programa de gobierno alternativo, le cerraban a ZP el camino a La Moncloa, al menos a medio plazo. Además, ZP había visto cómo PRISA pedía y obtenía la cabeza de Redondo Terreros como muestra y aviso, al más puro estilo mafioso, de que la vieja guardia de PRISA-PSOE se negaba a ser renovada y de que los días de ZP al frente de la secretaría general del PSOE estaban contados si seguía por el camino del pacto y el entendimiento con el PP en las grandes cuestiones de Estado. El camino de la madurez y de la cordura que deben seguir siempre los grandes partidos de una democracia consolidada, que saben que la disputa política debe detenerse siempre cuando se alcanzan los límites de los intereses de España y de las reglas del juego democrático. Por desgracia, ZP no presentó batalla. No quiso correr la misma suerte que PRISA le reservó a Redondo Terreros, y se alió con las fuerzas antisistema (comunistas y naZionalistas separatistas) que habían declarado una guerra sin cuartel contra el PP y contra todo lo que éste representa: una España fuerte y próspera, con presencia y voz en el grupo de cabeza de las naciones del mundo. Algo que no conviene, precisamente, a las aspiraciones de los naZionalistas separatistas, que ven en el fortalecimiento de España el peor obstáculo a sus proyectos. Y que tampoco convenía a la extrema izquierda, en guerra permanente contra EEUU y sus aliados. Había, pues, una comunidad de intereses entre naZionalistas y comunistas: derribar al Gobierno y desacreditar al partido que defiende una España sólida, unida, y firme aliada de los EEUU. Una comunidad a la que se unió irresponsablemente ZP, urgido por la imperiosa necesidad de consolidar su liderazgo al frente del PSOE, y de la que asumió la práctica totalidad de su propaganda y de sus exigencias: la labor del PP, y la figura de Aznar, debían ser destruidas y desacreditadas para siempre a ojos de los españoles. Y el pretexto de la guerra Irak era el único que tenían a mano. Con todo, el prestigio de Aznar, su retirada voluntaria del poder y la hoja de servicios del PP durante ocho años de gobierno pesaban tanto en la balanza, cinco días antes de las elecciones, que todavía contrarrestaban ampliamente lo que, a los ojos de la mayoría de los españoles, ya era el «grave error» de Irak. El PP había superado todas las zancadillas que le había puesto el bloque de la oposición, y había ganado todas las batallas. Todas menos una fundamental: la de la propaganda. Ninguna victoria es completa y definitiva si no se gana la batalla ideológica. Y en la guerra contra el terrorismo, la batalla decisiva, la que hace posible la victoria final, es la ideológica. El ejemplo más claro es la lucha contra la ETA. Los etarras y los naZionalistas vascos radicales perdieron la batalla ideológica con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y la prueba es que la ETA legal, la que se sentaba en el Congreso de los Diputados y en el Parlamento Vasco, ha dejado de existir gracias al consenso de las principales fuerzas políticas. Hoy la ETA está contra las cuerdas y ha perdido Con el terrorismo islámico ocurre lo mismo: la principal arma para combatirlo es el rearme ideológico y moral. Es llegar a la convicción de que el objetivo de los terroristas islámicos no es llegar a una negociación, sino aniquilar un modo de vida que, a sus ojos, es una blasfemia viviente, el principio y origen todos los males del mundo. Los terroristas islámicos no odian a Occidente por el conflicto árabe-israelí o por el hecho de que en el mundo árabe los niveles de desarrollo económico sean muy inferiores a los de Occidente. No odian a Occidente porque lo que hace, sino por lo que es y por lo que significa. Porque representa la libertad, la sociedad abierta y el progreso. Pero, sobre todo, porque representa la crítica, la negación de todo dogmatismo, la libertad de pensamiento y la libertad de creer o de descreer, frente a la plúmbea pesadilla neototalitaria que quieren imponer los terroristas islámicos, donde cada aspecto y cada minucia de la vida diaria están regulados milimétricamente. Y uno de sus objetivos principales –confesado por el propio Ben Laden– es que España, el único país del mundo que retornó al cristianismo después de ser islamizado, vuelva al Islam. La extrema izquierda ha visto que el potencial destructivo y disolvente del terrorismo islámico ejerce una función muy parecida a la de los misiles y las divisiones soviéticas. Por tanto, fiel al principio de que el fin justifica los medios, se ha aliado en la sombra con los terroristas. Es lo que cabía esperar de otros fundamentalistas que, en el pasado, tampoco dudaron en recurrir al terror y al asesinato para imponer sus doctrinas. Pero ZP, líder de uno de los dos grandes partidos que sustentan la democracia española y que representan a una de las naciones más antiguas e importantes de Occidente, ha traicionado la responsabilidad que le corresponde como líder y representante de más del 40% de los españoles. La política no es una carrera contra reloj y a cualquier precio hacia el poder. Es la conciencia de que el poder ha de emplearse en servicio de los ciudadanos. Y la conviccion de que, para obtenerlo, no todas las armas son lícitas o legítimas. El recurso a la manipulación y a la mentira es propio de políticos sin recursos y sin programas, que nada tienen que ofrecer a los ciudadanos salvo una desaforada ambición de poder y una total carencia de escrúpulos, que quedó de manifiesto en la jornada de reflexión del pasado 13 de marzo. Pero, aun desde el punto de vista del cinismo político más maquiavélico, cuando la mentira y la manipulación dejan de afectar exclusivamente al adversario para tocar directamente a la seguridad y a los intereses nacionales, son peor que un crimen. Son, como diría Tayllerand, un gravísimo error, pues el poder personal se compra al precio de debilitar la base misma de donde emana ese poder. Un precio que ZP ya ha empezado a pagar y que acabaremos pagando, tarde o temprano todos los españoles: la pérdida de nuestros mejores aliados y de nuesto prestigio y credibilidad en el exterior, la sumisión a los caprichos de la minoría naZionalista-separatista –no hay mayor perversión del principio democrático– y el abandono de la estabilidad política e institucional que ha hecho posible el espectacular progreso económico de los últimos ocho años. ZP y el PSOE han causado un grave perjuicio a los intereses de España y de los españoles por conseguir una magra cuota de poder fuertemente hipotecada a los nacionalismos y a la extrema izquierda. Ya ha recibido el primer aviso en las Elecciones Europeas del pasado 13 de junio, apenas tres meses después del 11-M, de que su crédito empieza a agotarse, de que la guerra de Irak ya pertenece al pasado y de que gobernar no es decir «sí» a todo el mundo con una sonrisa en la cara. Y a quienes primero tendrá que decirles «no», en interés de España y en interés del propio PSOE, es a sus propios socios de Gobierno: a los naZionalistas y, muy especialmente, a Maragall. Porque no es probable que los españoles se conformen con una sonrisa cuando Carod e Ibarretxe presenten la declaración de independencia de facto, cuando Marruecos aproveche para hacer de las suyas y cuando en Europa tengamos que depender de Francia y Alemania para defender nuestros intereses.

Wednesday, February 09, 2005

UNA SOLUCIÓN

Después de unas semanas en las que han acontecido una serie de hechos bochornosos que afectan a mi persona y cuyo desenlace ya conocen las personas necesarias,vuelve la actividad al blog de Trecet esta vez para proponer una salida cabal y racional al tema vascongado. Es una solución expuesta por mi hace ya algún tiempo pero que tal y como vienen desarrollándose los acontecimientos tiene una rabiosa vigencia, hela aquí.


Lo que ocurre en Vascongadas me recuerda a un tren que avanza a toda máquina por una vía y que se encontrará inevitablemente con otro tren parado en la misma vía. Chocará, se puede ver desde la montaña de enfrente, en cuanto doble la curva y se encuentren frente a frente. No ocurrirá inmediatamente pero ocurrirá, mejo no cerrar los ojos, mejor hacer todo lo que se pueda para evitar el choque. Esta situación critica tiene que ver con varias causas, por un lado esta relacionada de modo principal con la escalada soberanista que está protagonizando el nacionalismo moderado, al principio algunos pensaron que esa deriva soberanista era una sobrereacción ofernsiva del pnv ante una gestion muy desafortunada por parte del pp que en cuanto a pactos con los nacionalismos parecía solo capaz de establecerlos en un toma y saca, y completamente mercantilista y que no genera complicidades ni visiones ni proyectos compartidos por parciales que puedan ser. Pero quizás estaban equivocados en algo, quizá ademas el nacionalismo vasco tiene un proyecto a largo plazo historico, que ya dura un siglo y que esta pasando a su tercera fase. La primera en la republica, fue el primer intento de autogobierno inconcluso y fracasado a manos del franquismo . La segunda se ha desarrollado en esta etapa de la españa democratica y autonomica, cuando las nacionalidades historicas y en particular vasciongadas han conseguido un altísimo nivel de autogobierno. Y la tercera culminada satisfactoriamente la segunda, es la que vendra, la que formula el nacionaloismo vasco como la etapa donde la soberania se transfiere a vascongadas y con ella cualquier poder constituyente. Vistas las cosas así nos encontramos con un proyecto a largo plazo del nacionalismo cuya voluntad, difícilmente se torcerá. Una voluntad ademas que refleja de un modo difuso pero real la voluntad de una parte importante de la sociedad vasca, a la que se llama desde hace 25 años , la comunidad nacionalista vasca. Un fenómeno político pero también un hecho sociológico. Una visión democratica y repulicana que se asiente en una vision del estado de la comunidad de derecho, como constituída sobre el acuerdo voluntario de cuiqnes la integran conduce a conceder la posibilidad de esta hipótesis en vez de negarla por principio. Claro que es esta no es toda la situación, el tren del nacionalismo avanza impulsado pro el viento favorable del regimen de terrot que ha impuesto ETA, a la mitad de la población vasca, ese viento a favor, odioso y ventajista, es la segunda causa que explica este drama anunciado , y que es que en el tren viajan , forzados y maniatados, la mitad de los vascos, por fin la tecera causa del choque probable es al existencia de otro tren parado en la misma vía, mas alla de la curva. Las fuerzas constitucionalistas en vascongadas y en españa, no pueden sencillamente ejercer una oposición pasiva, varados en mitad de la vía. Para evitar el choque todos tendran como minimo que comunicarse, hay que avisar a ambos trenes de la certidumbre de un choque que debe ser evitado. Y es aquí donde entra el traído y llevado concepto del diálogo: Ciertamente, otra causa, sino del probelama del pais vasco, si de los tintes irreversibles que esta tomando, es la casi total ausencia de dialogo entre nmacionalistas y no nacionalistasm, entre el gobierno vasco y el resto de fuerzas politcas que no estan en el. ¿Cabe algun tipo de diálog?o, permitidme que con una inocencia rayana en la ingenuidad, proponga una agenda para un dialogo que en mi opinion es el unico posible, un dialogo para lograr tres objetivos.

Tres objetivos que coinciden con tres etapas claramente definidas y a ser culminadas de modo secuancial., una de tras de otra. Estas etapas se pueden definir como la erradicación dl terro, la consolidación de la libertad para todos los vascos y en tercer lugar, la apertura de un debate sobre le encaje institucional del país vasco. Si asi lo propone en aquel momento una parte sustancial de los vascos. La primera etapa significa naturalmente, que eta desaparezca, en tanto eta no deje de existir, el pais vasco se mueve en una situación predemocrática sin posibilidad de una solucion justa en ningun terreno, debido a que la mitad de la población vasca se encuentra amenazada por el terror impuesto por la banda armada. Ha terminado por callarse a la fuerza , por vivir pasivamente amordazada, y cuando los representantes políticos de esta mitad de la población han de protegerse diariamente contra un eventual atentado o asesinato, no existen las mismas reglas del juego justo para alcanzar acuerdo alguno con nadie. En esa situación de desventaja extrema para una parte importante de la población vasca proponer como propone el nacionalismo vasco nuevos acuerdos institucionales para euskadi es un gran error. Deberían saber los nacionalistas vascos y probablemente ya lo saben, que su propuesta no va a alcanzar el reconocimiento , el apoyo, o la comprensión de ningun organismo internacional que se atenga a las reglas de la cultura del sistema democratico. Pero no se trata solo de un error político, es ademas un enorme error moral. Porque se produce al abrigo del terror y del chantaje a la mitad de la población vasca. Cuando esta etapa de erradicación del terror se haya cumplido, deberia pasarse a un periodo que no se podra medir en meses, sino en bastantes años, de ejercicio real y efectivo de la libertad por todos los vascos. Sin la amenaza diaria del terror, los vascos no nacionalistas, podran poco a poco, recuperar la autonomia individual, sicológica y política. Política que les ha sido reprimida durante todo el periodo democratico, lo que equivale a decir desde siempre. Podran ir olvidando su miedo y su silencio forzado y sobre todo , podran reconstruír, ( si alguna vez les fue permitida), la capacidad efectiva de articulación de sus propias propuestas respecto al futuro del país vasco. Y solo en esta situación todos los vascos estaran en condiciones de igualdad para discutir entre ellos y con las instituciones constitucionales, un eventual nuevo mensaje de euskadi un eventual nuevo acuerdo de convivencia de todos los vascos, y con el resto de los españoles,. Y si es eventual acuerdo supone un nuevo encaje institucional de euskadi, fuera de los limites de la constitución española, habrá de ser refrendado por todos los españoles, cuya soberanía, se extiende, porque asi lo hemos decidido , a todo el territorio español, estas tres etapas forman un progreso que solo al final garantiza a todos los vascos la posibilidad de hablar y entenderse en libertad y en pie de igualdad, por ello, ni pueden solaparse, ni pueden mezclarse, ni pueden obviarse, si una etapa no viene detrás de la culminacion de la anterior, el proceso automáticamente, se pervertira y dejara a los vascos no nacionalistas en desventaja completa frente a los vascos nacionalistas Debatir, ahora estas cuestiones sin los requisitos previos de paz y de libertad escora cualquier visión del futuro de vascongadas hacia las aspiraciones nacionalistas, porque el fondo del escenario esta tintado por las tintas sombrías y omnipresentes del regimen de terror impuesto pro eta. Pues bien, ¿ es tan descabellado pensar en un dialogo entre fuerzas constitucionales y nacionalistas cuyo contenido sea acordar un plan para abordar y culminar todos unidos, las tres etapas secuenciales mas arriba propuestas?.

Por supuesto que esta sugerencia, abre, y por ello, concede, la posibilidad de un nuevo acuerdo institucional futuro, sin límites previamente fijados, pero no hay que negarse a incluir la apertura eventual de ese debate a condicion de que cuando exista ese futuro de paz y libertad, así lo solicite una parte importante del pueblo vasco. Lo que hay que mantener desde la firmeza democratica, es que hoy no existe ninguna posibilidad de abordar ese tema sin que se hayan cumplido las etapas previas. Pienso, que el carácter inevitablemente secuencial de las etapas a cumplir,, les confiere una naturaleza muy clarificadora, exhortar públicamente a los nacionalistas a que, si quieren plantear en el futuro un acuerdo nuevo, colaboren a que existan las condiciones democraticas para que pueda ser abordado en pie de igualdad por todos los vascos, por ello interesa a las fuerzas constitucionalistas y por el callejón sin salida a que conduce la situación actual, del cual sin duda, debe de ser consciente, tambien le interesa al nacionalismo vasco, y si me apuran, al resto de las fuerzas nacionalistas democraticas y parlamentarias, del resto de españa.- En el fondo, lo que aquí se propone no es inocente ni ingenuo, parte de la persuasión de que lo mejor para evitar el choque de trenes, no es plantarse en la vía, ni mucho menos jugar a acelerar un tren ya desbocado, y parte sobre todo, del firme convencimiento de que lo unico que podra tener efecto sobre la voluntad de los vascos es la voluntad de los otros vascos cuando real y efectivamente, tengan libertad.